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Gavicho

Llovía menudamente con sol, cuando Gavicho Aguilar desamarraba la balsa en el río para emprender su gran viaje de aventuras. Antes había alojado en

la nave un burro, un perro y un gallo, recogidos en el vecindario.

Desde que escuchó al maestro de la escuela, su único pensamiento era ese viaje. El maestro había dicho, en clase de Geografía, que el río Saposoa desembocaba en el Huallaga y este en el río Marañón, el cual, con el Ucayali, formaba el gigan-tesco Amazonas que, a su vez, se arrojaba en el océano Atlántico. Llevaba, pues, las aguas de todos los ríos y lagos de la inmensa región de la América del Sur, conocida precisamente como Hoya Amazónica.

—¿Quieres ir conmigo? —le dijo al burro, encontrándolo medio dormido bajo un frondoso mango. Y le echó el lazo.

Al gallo lo agarró en una pampita cuando se paseaba con unas gallinas.

El perro Jazín era de un tío suyo.

Y así fue como Gavicho Aguilar salió de la ciudad de Saposoa por el río del mismo nombre aquella tarde con llovizna y sol, rumbo al océano Atlántico.

Secretamente durante varios días, construyó la balsa en un lugar escondido del río. Diómedes Rengifo le ayudó en esa laboriosa faena, realizada como se hacen tales embarcaciones en la tierra amazónica, o sea, con más de veinte troncos del árbol de topa sólidamente amarrados. El muchacho Diómedes, a última hora, se desanimó de acompañarlo en el viaje. Le dio pena dejar a su abuela.

Gavicho era huérfano de padre y madre. Solo tenía parientes lejanos.

El río Saposoa corre serpenteando por entre colinas y pequeños cerros cubiertos de exuberante vegetación, con chacras, haciendas y pueblos en sus márgenes.

Después de dos días de navegación, Gavicho llegó a la desembocadura de este río en el Huallaga, al pie del pueblo El Tingo.

Amanecía. La brisa del Huallaga, ancho y violento, estremecía el bosque. Millares de cuadrúpedos, monos y aves saludaban con sus gritos y cantos al nuevo día. En la balsa de Gavicho también rebuznaba el burro, ladraba el perro y cantaba el gallo. Gavicho remó en dirección al puertecillo, donde atracó. Los tripulantes de otras balsas miraban sonrientes al extraño viajero. El muchacho visitó el pueblo solo con Jazín.

Lindo pueblo, El Tingo. Se elevaba sobre una loma con sus casas de palmas y algunas de tejas, con su plazuela de armas sembrada de árboles frutales.

Gavicho entró en el Huallaga cuando el sol brillaba sobre la Selva como una libra esterlina fabulosa que se reflejara vivamente en la corriente enorme. Del interior de las aguas, surgía un rumor musical producido por el continuo roce de arenas, murmullo peculiar del Huallaga. Gavicho, después de recobrarse del asombro que le ocasionó la grandeza del panorama, pensó en el desayuno. Mientras la balsa se deslizaba por el medio del río, encendió el fogón, recogió agua en la ollita de lata y arrojó el anzuelo con carnada de las lombrices que extrajo de la tierra del puerto de El Tingo.

Pescó dos sábalos grandes. Los saló. Puso uno en la olla que hervía y dio el otro a Jazín.

El burro comió su porción de hierba y el gallo su puñado de maíz.

Gavicho no había olvidado nada. Almacenó provisiones y otras cosas necesarias en una pequeña choza construida en medio de la balsa. En ella también metía a perro y gallo cuando llovía. El burro iba detrás de la choza. Todo lo aguantaba el mansurrón, el sol y la lluvia. Gavicho hizo, asimismo, un fogón de piedras. Tenía, igualmente, una lámpara a querosene para alumbrarse en la noche.

Gavicho tomó nuevamente los remos que se hallaban a ambos lados de la popa.

Dos remos amarrados a cortos palos verticales, como se estila en las balsas de los ríos amazónicos. Iba con el ojo atento, para evitar ser tragado por los tremendos embudos que se abren hasta el fondo del río a causa del choque de corrientes contrarias.

Jazín comenzó a inquietarse en una extensa curva. Olfateaba el aire, corría de un sitio a otro de la balsa, ladraba junto a Gavicho. Este se dijo entonces:

“¡Peligro!”.

Efectivamente, había ya a la vista una muyuna, poderoso remolino, dentro de un inmenso codo del río que cuando atrapa una balsa o una canoa no la suelta fácilmente. Puede mantenerla dando vueltas hasta varios días. Gavicho y el burro remaron esforzadamente, y lograron pasar por el mismo borde del terrible riesgo.

En medio del hirviente remolino, había una balsa, cuyos tripulantes luchaban con desesperación y no pudieron disimular su envidia ante el éxito de la balsa de Gavicho, donde el gallo iba cantando airosamente sobre la cabeza del asno.

Gavicho enseñó al burro a remar, sujetando con una soga el mango del remo a su pescuezo. De este modo el buen pollino le auxiliaba en las circunstancias difíciles.

Al pasar una espléndida mañana por el estuario del río Sisa (río Flor), de verdes aguas transparentes, Gavicho vio multitud de peces. Era una pesca con barbasco, o sea por envenenamiento con el tóxico que contiene la planta de igual nombre. Las gentes de la tierra amazónica llevan a cabo siempre estas pescas mortíferas.

Gavicho detuvo la balsa, y recogió una gran cantidad de peces. Él, desde la nave, con las manos, y el perro con la boca mientras nadaba.

No muy lejos de allí en un bosque de cocoteros, algunos monos blancos, los simios más traviesos de la Selva peruana, con un endiablado griterío cogían cocos y los tiraban al suelo. Gavicho acoderó junto al bosque y pidió cocos a los monos.

Estos, sin esperar que terminara de hablar, le arrojaron una lluvia de frutos, con peligro de destrozar la balsa y a los tripulantes, tanto que el burro recibió un cocazo en el lomo; pero no se sabe por qué impulso maravilloso se pusieron al unísono el perro a ladrar, el burro a rebuznar y el gallo a cantar, asustando a los micos que huyeron velozmente por el enmarañado bosque. Gavicho dejó en la embarcación una treintena de cocos y lanzó el resto a las aguas, tarea a la que prestó su colaboración el burro con sus patas.

En el pueblo bailaba la gente alrededor de una palmera clavada especialmente y cuyas hojas estaban atadas como el moño de una joven, adornada de cintas, de soles de plata, frutas y panes. Las parejas, hombres y mujeres, agitaban pañuelos, levantaban las piernas, corrían, regresaban, proferían eufóricos gritos, y cogiéndose de los brazos se arremolinaban en torno del árbol. Todo esto, al son de una quena y un tambor, tocados por un solo músico.

—¡Atraca! —le gritaron a Gavicho los del baile.

—¡Atraca! ¡No te vayas!

El muchacho aceptó la invitación. No podía comprender cómo en el mes de agosto estuvieran en ese pueblo bailando en torno de un árbol, lo cual se

acostumbra en la amazonía peruana con ocasión de los carnavales y de la fiesta de San Juan. Pero le dijeron que era el cumpleaños de la mujer del alcalde y que a este se le ocurrió celebrar el acontecimiento de esta manera.

Los alegres poblanos dieron de tomar y comer a Gavicho abundantes bebidas y potajes típicos. Él les obsequió con peces y cocos.

El burro, el perro y el gallo salieron también a tierra con ánimo de refocilarse.

El gallo se fue con unas gallinas. El perro se dedicó a roer los huesos del festín. El pollino rebuznó y como ningún congénere le respondiera, se resigno a engullir hierba mansamente en un prado. En ese pueblo no habían burros.

La noche cubrió los despojos de la palmera abatida a hachazos por los bailarines, continuando el jolgorio hasta el amanecer en casa del alcalde.

Reanudada la marcha, Gavicho no pudo ocultar su admiración ante una montaña blanca, un cerro de sal gema a orillas del río. La balsa pasó casi rozándolo. El viento, las lluvias y el tiempo han labrado en él figuras caprichosas, torres, nichos, hasta imágenes humanas, orlados de bermejas cintas de óxido. El sol resplandecía intensamente de sal del Huallaga, haciendo pestañar a Gavicho y sus animales.

El bello río Mayo desemboca junto al puerto de Shapaja. En este puerto, Gavicho tuvo que atracar obligadamente para revisar su embarcación, como lo

hacen todos los que van a Iquitos, a fin de cruzar en las mejores condiciones los “malos pasos” del río, cuyo horrísono fragor se escucha ya desde allí. Gavicho al oírlo sintió miedo.

En la plaza de armas de Shapaja hay más de sesenta elevados cocoteros que cuidan los niños de las escuelas. También en sus pocas calles verdes de hierba, de pronto, al mediodía, brotan como una alfombra mágica rojas florecillas que luego se apagan. Son las llamadas “flores de las once” exacto símbolo de la vida, que nace, muere y vuelve a nacer.

Gavicho estaba muy preocupado por los cercanos “malos pasos”, recordando que en su tierra contaban historias de balseros ahogados en ellos. De suerte que se consagró a examinar minuciosamente su balsa, volviendo a amarrar los palos a los travesaños. Revisó los remos y la choza. Inclusive decidió asegurar con sogas a sus animales, así como a sí mismo, junto a los remos, para impedir ser expulsados por la violencia de las aguas. Otros navegantes hacían lo propio, y se hallaban intrigados de que ese muchacho viajara con un burro, un perro y un gallo.

Por la noche, densamente argentada de estrellas, algunos balseros entonaban en sus balsas melancólicas canciones acompañados de guitarras. Gavicho permanecía sentado en la balsa a pesar de la punzante mortificación de miríadas de mosquitos agresivos. El estruendo de los “malos pasos”, más audible a través de la soledad de la noche, golpeaba su corazón...

El amargo llanto de los pájaros ayamaman le conmovió más, trayendo a su memoria el cuento de que aquellos fueron un niño y una niña abandonados en la Selva por su pérfida madrastra.

Por la mañana, siguió a las otras balsas, cuando todo era luz y algarabía en los bosques polícromos.

—¡Buena suerte, Gavicho! —le dijeron muchos niños, mientras agitaban pañuelos desde una loma del puerto.

Enhiestos ramales de la cordillera de los Andes se introducen hasta gran parte de la Hoya Amazónica, configurando la Selva Alta. El Huallaga corta algunos de esos cerros, dando origen a bruscos pongos (puertas) y correntíes; pero ninguno de ellos como los que iba a pasar Gavicho, larga cadena de bravías cascadas y rápidos.

Ya junto a los “malos pasos”, Gavicho hizo una última inspección de la balsa, comprobando que sus animales se encontraban bien sujetos de los palos que colocó especialmente para ello, y cerrando los ojos se entregó al destino. La balsa penetró en la vorágine. Aparecía y desaparecía en medio de las aguas alborotadas y rugientes. Entonces Gavicho recobró su sereno valor, de modo que iba cuidando, mediante desesperados esfuerzos con los remos, que la balsa no fuera estrellada contra los roquedales y peñascos. Más de dieciocho kilómetros de pesadilla... El Estero, Chumía, Puma-ringre (inmensa roca en forma de oreja de tigre), Mativuelo, Vaquero... nombres de lugares siniestros.

Gavicho atracó en el pueblo de Chasuta, en seguida del “mal paso” de Vaquero, contento por haber salido con vida del infierno de las cascadas y rápidos. El gallo, como siempre tras una hazaña, cantó triunfalmente sobre la cabeza del burro.

Gavicho arregló algunos desperfectos de la balsa. Una mujer de Chasuta, pueblo alfarero, le regaló un cántaro y una taza decorados con motivos de la Selva.

Sin embargo, tenía que salvar todavía el no menos peligroso pongo de Aguirre, llamado así en recuerdo del célebre rebelde y sanguinario español Lope de Aguirre, uno de los capitanes de la trágica Expedición de los Marañones que por el siglo XVI buscó inútilmente el fantástico reino de El Dorado en la Selva amazónica.

Se cuenta que Lope de Aguirre mató en ese salto del Huallaga a un cóndor que atacaba a las tripulaciones de las balsas que pasaban por allí. Vivía la alimaña en la cumbre del cerro, por lo que esta se llama hasta ahora, en quechua, Cundur Huasi (“Morada del Cóndor”). El temerario español colocó en su balsa costales de arena, ocultándose tras ellos él y su gente con las espadas listas. Cuando el cóndor se abalanzó contra la embarcación, le dieron muerte. Con un puñal y la sangre del rey de las aves, Lope de Aguirre escribió en uno de los peñascos del pongo sus iniciales, L. A., y la letra V, que significaría “virrey”, como altanera expresión de su desacato al rey de España, que por esa época ejercía dominio en el Perú. Tales inscripciones se ven en el peñasco, sin que nadie pueda explicarse cómo pudo grabarlas el feroz aventurero español en lugar tan imposible.

Gavicho continúo su viaje por el Huallaga, un tanto confiado ya. El río tenía más caudal, a causa de los numerosos afluentes recibidos. Iba el muchacho gozando, en el día y en la noche, con el hermoso espectáculo de la naturaleza.

Flores fulgurantes colgaban sobre las aguas desde los bosques. Como fuego, como oro, como plata. Gigantescos árboles mostraban sus copas pobladas de extrañas aves de coloreados plumajes.

En uno de esos fascinantes sitios, se posó un tucán en su balsa. Es un ave con más pico que cuerpo y luce varios colores de reverberación metálica. Gavicho, agarrando a Jazín que quería ladrar, observaba al ave maravillosa. Esta, después de arrojar varias veces el agua del río hacia arriba con la cabeza y las alas y esperarla con el picazo abierto, retornó al bosque. El tucán, por su pico desmesurado, solo puede beber en esa forma. Desde luego, le resulta mucho más fácil tomar el agua de la lluvia.

La luna nueva en el filo de la Selva, le pareció a Gavicho una bruñida hoja misteriosa. No podía entender cómo hay figuras con estrellas en el cielo: una cruz, un centellero, un cangrejo, un toro. Pero lo que más le asombró fue la Vía Láctea, infinito río de mundos corriendo por la eternidad. Ciertamente, Gavicho, escudriñando el universo, en la honda soledad de las noches a través de sus largos viajes, tuvo un atisbo del tiempo sin orillas y sin término.

Yurimaguas es una de las bonitas poblaciones de la Selva peruana, en las riberas del Huallaga. Puerto y aeropuerto. En el momento en que llegaba Gavicho, había allí un barco mercante procedente de Iquitos y un hidroavión.

Gavicho entró a conocer Yurimaguas. Le gustó, sobre todo, su ambiente de alegre claridad. La iglesia, con sus altas torres blancas, es la mejor de la amazonía peruana.

Miraba por encima de la cerca una huerta con árboles de mango y caimito cargados de frutos maduros. Al verlo, la dueña, una viejecita, le dijo, abriéndole la puerta: “Coge lo que quieras, hijito. Coge no más”.

A poco de salir de Yurimaguas, se percató del origen de un constante ruido atronador que le tenía inquieto. Era el Paranapura, bravo río que, corriendo por una pendiente y atravesando peñascos, ofrenda allí su tumultuoso caudal al Huallaga.

Más abajo unos tarraferos (pescadores con atarraya) desde las canoas, lanzaban sus redes al río. Estos aparejos, con los cabos sujetos a la muñeca del pescador, al caer en las aguas semejaban enormes flores blancas iluminadas por el sol de la mañana.

Pescaban en ese lugar aquellos hombres aprovechando los compactos cardúmenes que surcaban el río.

Gavicho pasó junto a ellos lentamente, mientras contemplaba el interesante cuadro.

A la altura del pueblo de Lagunas, se desató una violentísima tormenta. En el lóbrego cielo estallaban rayos y truenos espantosos. El ventarrón sacudía el bosque y agitaba las aguas. El espacio quedó poblado de copos de seda vegetal y pétalos de diversas flores. Gavicho logró alcanzar el puerto, amarró su balsa a un árbol y con sus animales se metió en Lagunas a toda carrera cuando ya arreciaba la lluvia torrencial. Se acomodó en la galería de una casa solitaria que tenía las puertas y ventanas cerradas. El furioso diluvio golpeó durante una hora. Serían las cinco de la tarde cuando acabó. En unos próximos árboles de marañón con frutos amarillos y brillos de lluvia rezagada, el sol era una llamarada de oro.

Delante de la casa, un pavo vanidosamente esponjado, se creía, sin duda, el ser más importante del mundo. Tanto que, de repente, atacó al gallo de Gavicho, pero Jazín lo hizo retroceder, aunque el gallo ya se encontraba listo para la pelea.

Todo hubiera terminado con ese minúsculo incidente, a no ser porque al burro se le ocurrió rebuznar. Del interior del pueblo, un burro negro, a veloz galope y rebuznando con la cabeza en alto, vino de frente contra el burro de Gavicho. Y se armó la pendencia. Los asnos peleaban a patadas y mordiscos; el pavo y el gallo se trenzaron, asimismo en lucha enconada; Jazín ladraba y Gavicho, con un palo, trataba de defender sobre todo a su pollino. En esto se abrió la puerta de la casa solitaria y salió el cura del lugar, pues allí vivía el viejo párroco. Santiguándose intervino en el pleito y consiguió separar, luego de dura porfía al pavo y al burro agresores, que eran suyos.

Gavicho se enteró que estaba en el gran río Marañón. El Huallaga desaparecía en él para siempre. No había ya cerros ni colinas. La tierra boscosa se hallaba al mismo nivel del río.

Una colosal boa pasó junto a la balsa conmoviendo las aguas.

Era ya la Selva Baja. Selva, sin ningún vestigio de la Cordillera de los Andes, profunda como el río. Y con sol más ardiente todavía.

Nadaban tortugas y los juguetones bufeos, con los blandos hocicos a flor de agua, lanzaban rosados copos de espuma hacia la barca. Pequeñas gaviotas revoloteaban chillando.

En un paraje muy solitario zumbaron flechas por encima de la balsa. Gavicho se tiró de pecho sobre la nave, obligando a hacer lo mismo a sus animales; luego remó con mayor pujanza. Advirtió por entre las ramas de la orilla algunos indios salvajes. Seguramente que estos solo quisieron gastarle una broma, porque de otro modo hubieran dado en el blanco y no tuviéramos ya a Gavicho, en este momento, prosiguiendo su viaje sin par.

Su viaje sin igual que llegó a uno de sus hechos culminantes. La balsa entraba en la confluencia del Marañón y el Ucayali, monstruos fluviales que por entre la espesura de la Selva unen sus aguas, creando el Amazonas, el Rey de los Ríos. Era un amanecer, con el lucero del alba bailando aún como áureo foco eléctrico al borde de los bosques. Allí estaba la población de Nauta, punto que señala dónde se produce el milagro geográfico del río-mar. Gavicho, hondamente emocionado y agitando su sombrero de paja, prorrumpió en hurras entusiastas.

La balsa seguía su ruta por el magno río. Las selvosas orillas aparecían lejanas...

Un sombrío barco de guerra pasó río arriba, con la chimenea humeante, haciendo vibrar su potente sirena. El burro de Gavicho contestó con un rebuzno vigoroso.

Gavicho, si darse cuenta, estaba repitiendo la proeza de Francisco de Orellana, el conquistador español que descubrió el Amazonas en una balsa. Por cierto que el heroico español del siglo XVI sintió el mismo asombro que Gavicho sentía en el siglo XX ante el más grande río del planeta.

Islas paradisíacas. Cielo profundamente azul, con fuerte sol.

Orillas blanqueadas o enrojecidas de garzas.

Caimanes como oscuros palos. Victorias regias. Loros, gaviotas.

Balsas, canoas, lanchas, botes a motor. Chozas de palma flotantes.

Centenares de troncos de árboles bajando hacia los aserraderos, con hombres de pie sobre ellos, cuidando acrobáticamente con largas pértigas para que no se produjera la dispersión de los troncos, cual si se tratara de un singular rebaño.

Una noche Gavicho acoderó en una choza flotante anclada en medio del río.

Tenía luz y música de radio con pilas esa barraca. Bailaban adentro. Los dueños atendieron cariñosamente al muchacho. Le dieron la reconfortante bebida llamada “masto ponche”, preparada con la chicha de yuca conocida como “masato” y huevos, mezcla batida en una olla a fuego lento. Después de haber tomado esta bebida, Gavicho adquirió mucha fuerza.

Estas chozas flotantes abundan en el Amazonas. En ellas habitan familias enteras con animales domésticos. Allí nacen, viven y mueren.

Gavicho sabía que una tormenta en el Amazonas era una cuestión muy grave, por la bravura de las aguas. Un ligero viento es capaz de perturbarlas al extremo de hacer naufragar canoas y balsas. Por eso, una tarde ensombrecida con negro nubarrón, cuando comenzaba a soplar viento y, a causa de algunas gotas de lluvia que caían, aparecieron sobre el río, cual si salieran de sus profundidades, numerosos arco iris rutilantes, el muchacho, por entre ellos, remó hacia una hacienda verde claro de la orilla. Era una hermosa estancia, con árboles del pan y otros árboles frutales, llena de lozana hierba y con casa sustentada a cierta altura por gruesos troncos, en resguardo de las terribles inundaciones del río en creciente. Se subía a la casa por medio de un tronco labrado como escalera.

La dueña de la estancia, una bondadosa señora, le torció el pescuezo a un pato gordo para ofrecer a Gavicho, suculenta comida. Igualmente había allí un aparato de radio con pilas, de modo que Gavicho se deleitó con música peruana y extranjera. Le agradó mucho el vals “El plebeyo” del renombrado compositor popular limeño, Felipe Pinglo Alva. Sobre todo aquello de:

“Mi sangre, aunque plebeya,

también tiñe de rojo.”

Felizmente, la tormenta se resolvió solo en un breve chubasco, aclarándose el cielo en toda su magnificencia. A pesar de los ruegos de la buena señora, Gavicho reanudó inmediatamente el viaje.

Por la noche, la luna llena cautivó su atención. Emergía de la Selva como un gigantesco incendio de marfil, propagándose por las aguas en millones de

lentejuelas relampagueantes. Todo luna era el cielo, el Amazonas y los bosques.

Parecía como que la balsa fuera a chocar contra el maravilloso astro que se hallaba al frente, sobre el río.

“¡Bella la naturaleza. Bello el mundo!”, pensó Gavicho.

Desde la jungla salía, de rato en rato, el áspero grito de “¡Tuhuayo! ¡Tuhuayo!”.

Era del pájaro del mismo nombre que, según la leyenda, es hijo de la luna y de una muchacha pueblerina. Profiriendo “¡Tuhuayo!”, increpa a la luna, que ha abandonado, pues el vocablo quechua “huayo” significa “fruto”. La palabra “Tuhuayo” querría decir, pues, “Soy tu fruto, tu hijo”.

Al día siguiente, por el atardecer, distinguió Gavicho en la dorada lejanía, la única torre de la catedral de Iquitos, el más importante puerto fluvial del Perú sobre el Amazonas. Iquitos es la legendaria ciudad del apogeo del caucho. Casi al oscurecer, Gavicho atracó en el movido puerto de Belén, a un extremo de la propia ciudad, junto a la desembocadura del Itaya. Vasto bullicio: lanchas, balsas, canoas, chozas flotantes; música de radios, de fonógrafos, concertinas, etc. Ir y venir de gente, hombres, mujeres y niños. Gavicho entró en la iluminada ciudad, admirando las tiendas de comercio, los bares llenos de parroquianos alegres, y algunos edificios, como el Malecón Palace, deslumbrante de mosaicos, propiedad de un antiguo cauchero opulento.

El Amazonas, por los caudalosos afluentes de ambas márgenes, se hace cada vez más dilatado. Por él proseguía Gavicho el viaje en su frágil balsa.

Largo recorrido aún hasta entrar en el Brasil, país inmenso, pasando por el puerto colombiano de Leticia, antes peruano. Cruzó Leticia, sigilosamente, una noche lluviosa.

La bella ciudad brasileña de Manaos, otro antiguo centro del auge del caucho como Iquitos, le impresionó agradablemente.

El Rey de los Ríos rechaza trescientos kilómetros al océano Atlántico por una desembocadura de más de doscientos kilómetros de ancho, poblada de extensas y hermosas islas. Gavicho acoderó en una de ellas, en Marajó, la más notable; encontrándose con la sorpresa de un numeroso público que lo vitoreaba. Periodistas y fotógrafos le asediaban. El muchacho se había convertido en un personaje mundial. Los periódicos, en todos los países, publicaban su fotografía con titulares como: “Gavicho, émulo de Francisco de Orellana”; “Gavicho, el nuevo argonauta”; “Gavicho, su burro, su perro y su gallo”; “Un muchacho domina el Amazonas”.

En un barco retornó del Brasil a Iquitos, donde le recibieron apoteósicamente.

La balsa quedó allí como una reliquia. Luego, fue conducido, con sus animales, en avión a Saposoa, su tierra natal, donde los festejos en su honor duraron muchos días. La ciudad lo considera su hijo más ilustre, por acuerdo del Concejo Municipal... Gavicho, sin embargo, continúa soñando con nuevas aventuras.

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