Los sueños de Mamá producen monstruos

Hace unos cuantos miles de millones de años, todo era mucho más a la buena de Dios, y aun se podía ir a ver a madre Natura Leza y expresarle las quejas sobre su modo de ir creando el mundo. Madre Natura Leza era una mujerona enorme, tan grande que si uno se subía sobre su cabeza, aun con unos buenos prismáticos, no lograba verle los pies; estaba echada sobre una inmensa pradera, teniendo como almohada una montaña y como lecho un desierto; creaba el mundo soñando. Pero sus sueños no eran como los nuestros, que una vez despiertos, olvídate, no hay quién los recuerde; los sueños de madre Natura Leza se transformaban inmediatamente en realidad. Por ejemplo: uno de esos días madre Natura Leza soñó con un animal verdaderamente extraño: una especie de paraguas que caminaba a cuatro patas y tenía cabeza y cola. Y he aquí que, en seguida, del regazo de madre Natura Leza, se esfuerza penosamente la ridícula Tor Tuga. ¿Y queréis saber por qué había soñado con un animal semejante? Porque alguien vino a decirle que estaría bien crear un animal que, cuando lloviera, pudiese protegerse de la lluvia sin tener que recurrir a las cuevas o a los resquicios. Esto es para explicaros que madre Natura Leza tenía un carácter afectuoso y complaciente, precisamente como conviene a una madre.

Bueno, pues uno de esos días, una delegación de Cer Ditos, después de una escalada de muchas horas, llegó hasta la cima de la montaña sobre la que la madre apoyaba la cabeza. El jefe de la delegación, habiéndose colocado bajo el oído enorme, gritó a voz en cuello: «¡Mamá! ¡Mamá! ¡Mamá!». Madre Natura Leza levantó un párpado grande como una cúpula, cada pestaña como el tronco de un árbol, descubriendo la pupila que, de tan clara, parecía un lago, y preguntó lánguidamente:

Queridito mío, ¿qué te pasa? Di a tu mamá lo que te ocurre.

A esta afectuosa pregunta, el Cer Dito respondió:

Como sabes, nosotros los Cer Ditos somos una pacífica comunidad, en la cual todos disfrutan de los mismos derechos y están obligados a los mismos deberes. Pero desde hace un tiempo ya no es así.

¿O sea?

O sea, que algunos de nosotros, no sabemos si por tu voluntad o por azar, se han transformado, y duele decirlo, para peor: la delicada piel rosada se ha cubierto de rígidos pelos negros; de la boca asoman unos dientes afilados y curvos que es difícil no llamar colmillos. Estos individuos que se han bautizado a sí mismos Ja Balíes, son violentos y prepotentes y, gracias a sus colmillos, han creado una verdadera y auténtica tiranía, en la cual ellos mandan y nosotros debemos obedecer. Madre Natura Leza, intenta encontrar algún remedio.

Madre Natura Leza objetó:

Verdaderamente yo os había creado a todos iguales. ¿Qué cuento es éste? ¿Decís la verdad?

Los Cer Ditos aseguraron todos a coro que era la verdad. Madre Natura Leza reflexionó, suspiró y luego dijo:

Eso que llamáis colmillos me recuerda que tuve un sueño, digamos, un poco feo, algo así como una pesadilla. Ya se sabe, a veces como demasiado y entonces puede suceder que sueñe monstruos. ¿Cómo es posible no llamar monstruo a un Cer Dito de cuya boca sobresalen dos colmillos?

Eso mismo pensamos nosotros —exclamaron los Cer Ditos.

Y luego —continuó madre Natura Leza— semejantes criaturas prepotentes y sanguinarias se oponen totalmente a la idea que tengo del Creador, en el cual, en cambio, debe reinar la razón.

Los Cer Ditos jamás habían oído hablar de la razón. Preguntaron a coro:

¿La razón? ¿Qué es la razón?

Madre Natura Leza respondió:

Digamos que es algo así como la sal en los manjares. Normalmente no me olvido de echar un pellizco en todos los animales que se me ocurre soñar. Y con esto quiero decir que, de ahora en adelante, meteré un puñado abundante. Por otra parte, desde hace algún tiempo, tengo como un oscuro deseo de echar al mundo un cierto animal, más bien complicado que, justamente, tendría que estar dotado de razón en mayor medida que los otros. Ahora, en la cena, tendré cuidado de comer cosas ligeras, luego me echaré un buen sueñecito, y me parece que esta vez soñaré con el animal completamente razonable que, entre otras cosas, os salvará de vuestros malvados Ja Balíes. Así pues, querido Cer Dito, volved confiados a casa y dejad hacer a vuestra madre que os quiere tanto y veréis que todo se resolverá de la mejor manera.

Naturalmente los Cer Ditos se marcharon en seguida llenos de agradecimiento. Pero también de temor respetuoso: madre Natura Leza, en aquellos lejanos tiempos, entre otras cosas perdía la paciencia con facilidad; toda una raza de animalotes llamados dinosaurios, que habían venido demasiado a menudo para exponer sus quejas (les hubiera gustado ser más pequeños y menos estúpidos) habían sido barridos hasta el último, a pesar de que habían tirado para adelante la friolera de ciento cincuenta millones de años. Los Cer Ditos se fueron, y durante un tiempo, digamos setecientos u ochocientos millones de años, no pasó nada. Madre Natura Leza, como había prometido, tomó una cena ligera: apenas uno o dos volcanes llenos de lava, regados con un río de tamaño mediano; y ahora dormía a pierna suelta. Solamente cada dos o tres siglos pegaba un suspiro, o bien se daba la vuelta sobre el costado. ¡Pero ahora veréis lo que significa ser madre Natura Leza! Esos suspiros crearon los vientos que aún hoy soplan por el aire; en cuanto a eso de darse la vuelta sobre el costado, cada vez que sucedió, produjo un terremoto que cambió, en algún lado, la faz de la tierra.

Finalmente, llegó el día del despertar. Era una jornada perfecta por la mañana temprano, con un cielo del azul más puro aún teñido de rosa, sin una brizna de aire, con un sol templado, la luz límpida, los árboles de un verde jamás visto, las flores tan deslumbrantes como nunca. Madre Natura Leza se despertó, se apoyó sobre un codo y apenas tuvo tiempo de entrever, más allá, en lo más profundo del desierto sobre el que estaba echada, dos remotas figuritas que se alejaban cogiéndose confiadamente de la mano: un hombre y una mujer. Caminaban sólo sobre dos piernas; madre Natura Leza pensó que esta vez había soñado con su obra maestra. Satisfecha, siguió con la mirada las dos figuras que, envueltas en luz, se iban alejando cada vez más y al final desaparecieron. Entonces se giró sobre un costado y volvió a dormirse.

Su sueño duró poco: apenas mil millones de años. Abrió los ojos, oyó una confusión de voces, se dio la vuelta y vio que allá abajo, a los pies de la montaña que le servía de almohada, estaba la delegación de siempre de los Cer Ditos. Madre Natura Leza alargó la mano, tomó uno con dos dedos y se lo llevó a la altura de los ojos. Después, preguntó:

Y bien, otra vez vosotros. ¿Cómo os ha ido?

Y el otro:

Muy bien, no podía ir mejor. Has soñado la cosa exacta en el momento exacto.

¿Es decir?

Vinieron unos Cer Ditos en todo parecidos a nosotros, igual de rosados, tiernos y sin pelos, con la única diferencia de que nosotros caminamos a cuatro patas y ellos a dos, y nos han llevado lejos de los detestables Ja Balíes, a un lugar magnífico, en el que no nos falta de nada, absolutamente de nada, para ser felices.

¿Y cómo es ese lugar? —preguntó madre Natura Leza con curiosidad.

Son cabañas de una sola planta con bastantes secciones, para albergar en cada una una familia entera. Los Cer Ditos de dos patas nos cuidan, con el fin de que no nos falte nada. Así, a horas regulares nos sirven una exquisita comida compuesta de sémola, salvado, bellotas, y un delicioso calducho en el cual hay abundantes manzanas podridas y patatas viejas. Luego nos lavan a todos con la manguera. En una palabra, nos cuidan bien: todo está bruñido, reluciente, brillante. Fíjate que para que no nos caigamos en los escalones, cuando salimos de la cabaña para ir a pasear fuera, hasta han construido un plano inclinado, sobre el cual nuestras pezuñas no pueden resbalar.

Madre Natura Leza comentó complacida:

Bien, bien, me parece que esta vez he soñado con el animal más racional de cuantos he echado al mundo. Ahora, hijos míos, tengo sueño y deseo echarme una siestecita. Pero quiero que me tengáis informada. Volved, digamos, dentro de mil años. Buenas noches.

Pasaron mil años. Madre Natura Leza se despertó, se estiró, y así como quien no quiere la cosa se encontró de narices con el Cer Dito de siempre, que en seguida le gritó como un desenfrenado:

¡Mamá, traición, traición!

¿Qué pasa?

Esos seres que habíamos llamado Cer Ditos de dos patas son unos monstruos, unos auténticos monstruos. Nos tratan bien, nos mantienen limpios y cebados, nos engordan, pero ¿sabes para qué?

No, ¿para qué?

Para comernos. Llegado un cierto momento, cuando alcanzamos el punto exacto de gordura, entonces nos atan por los pies a una especie de cadena que se desliza, haciendo un ruido terrible, y ellos, sucesivamente, nos cortan el cuello, nos desangran, nos descuartizan, nos hacen pedazos. No voy a entrar en detalles sobre el modo como luego son preparados estos pedazos; baste con saber que nos transforman en otros tantos objetos que ellos, según parece, llaman salchichas, jamones, ahumados, salami y así sucesivamente, según sea la parte de nuestro cuerpo que hayan utilizado: horror, horror, horror. Y tú nos habías prometido que soñarías con el animal racional de la Creación. ¡Ay de nosotros! ¡El utiliza la razón para devorarnos! ¡Y encima para devorarnos con nuestra propia colaboración! ¡Ay de nosotros! ¡Mamá, también tú nos has traicionado!

Ahora, alguno querrá saber qué respondió madre Natura Leza a este desgarradísimo y desesperadísimo reproche. Nadie lo va a creer: no dijo nada. Cogió con dos dedos al Cer Dito, lo depositó con delicadeza sobre la tierra, luego se dio la vuelta sobre un costado y se volvió a quedar dormida.

Nota: El titulo parece evidentemente inspirado en el título del «Capricho» número cuarenta y tres de Goya —«El sueño de la Razón produce monstruos»— que el pintor había pensado poner incluso como frontispicio de todos sus caprichos.

 

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