LOS REGALOS DEL REY LEÓN

Relato khoi en el que los primeros animales reciben colas, cuernos y pieles del Rey León, en versión de Pieter W. Grobbelaar e ilustrado por Marna Hattingh.

 

El Rey León iba a celebrar un gran banquete al que todos los animales debían asistir, porque una invitación del rey era una orden a la que nadie podía hacer oídos sordos. Sólo la cabra se mantuvo firme en su negativa.

—Ah, nada de eso —dijo la señora Kudu—. Al León le encanta zamparse a nuestros parientes. ¿Cómo sabemos que no piensa devorarnos cuando vayamos a su fiesta?

—¡Sí, sí, sí! —corearon todas las cabras hembras.

—Entonces iré yo solo —dijo Kudu—. Nos buscaríamos problemas si no asistiera.

—Sí, iremos todos —le apoyaron los demás machos cabríos.

La señora Kudu resopló airadamente y no movió ni una pezuña. Sólo la vieja Abuela Cabra era incapaz de resistirse a una invitación cuando había comida de por medio… ¡Aunque corriera el riesgo de que la comida fuera ella!

Los animales empezaron a llegar a la cita. El Leopardo y el Conejo, la Cebra y el Topo, el Elefante, la Mofeta y la Serpiente. El Babuino era demasiado curioso como para no ir; y el Burro demasiado tonto. El Damán, el Hipopótamo y la Lagartija Serrana tampoco faltaron, ni la Hiena y el Chacal. Pues sí, iba a ser una fiesta como nunca se había visto.

Primero bailaron un rato, y el Babuino iba marcando el paso. A continuación cantaron, y en eso lució su voz el Chacal. Después comieron miel y bebieron leche. Hasta el León, el Leopardo, el Lince y la Hiena comieron con los demás, como si nunca hubieran probado el gusto de la sangre. Porque el León había decidido sensatamente que en una fiesta sería inapropiado incluir en el menú a los parientes de los invitados.

—¡Ahora escuchadme, animales míos! —dijo el León después de haber rebañado a lametones el cuenco de miel, porque el rey es el primero y el último en comer, y también engulle a su placer durante todo el banquete, de manera que el resto de los comensales tienen que conformarse con lo que se les pone a tiro—. ¡Escuchadme, animales míos! —repitió—. Quiero daros un regalo a cada uno de vosotros para demostraros qué buen rey soy.

—¡Gracias, gracias, gracias! —exclamaron los animales, y empezaron a maniobrar para tomar posiciones, temiéndose que les arrebataran los mejores regalos antes de que les tocara el turno.

—¡Estaos quietos! —rugió el León—. Quien se abalance sobre los regalos se quedará sin nada…, y los codiciosos serán los últimos en recibirlos.

Con esto logró calmar un poco los ánimos.

—Los que quieran cuernos —dijo el León— que se aparten del grupo.

—¿Cuernos? —preguntó Kudu a sus amigos—. ¿No os parece que nos sentarían bien unos cuernos?

—Sí, sí, sí —exclamaron los machos cabríos, y se apartaron.

—Aquí tenéis —dijo el León, colocándoles los cuernos—. Pero las cabras se quedan sin nada por no haber venido.

Al ver pavonearse a los machos cabríos, el Elefante se acercó al León abriéndose paso a empujones con su formidable mole.

—Yo también quiero unos cuernos —dijo, y agarró un par de bonitos cuernos blancos con la boca.

—¡Te ha perdido la avidez! —gruñó el León—. Por ser tan codicioso, los cuernos se te quedarán pegados a la boca y no podrás lucirlos en lo alto de la cabeza como el macho cabrío.

—¡Ay, Dios mío! —resolló el Elefante—. La nariz se me ha quedado demasiado corta. ¡No puedo…, no puedo…, no… respiro!

—¡Eso lo arreglamos ahora mismo! —dijo el León, y estiró la nariz del Elefante hasta que dejarla casi a ras de suelo—. ¿Mejor así?

—Gracias —masculló el Elefante, y se alejó con sus colmillos como cuernos y su nariz bamboleante.

Pero volvía a oírse alboroto en el montón de cuernos. Esta vez era el Rinoceronte quien andaba revolviéndolo.

—¿Así que ésas tenemos, eh? —dijo el León—, pues ya que te gusta tanto meter las narices en todas partes, llevarás los cuernos pegados a la nariz.

—¡Ni hablar! ¡No pienso pasar por esto! —exclamó el Rinoceronte, y se dispuso a atacar a su rey con los cuernos de la nariz. El León le pegó tal mamporro que le arrancó la punta de uno de los cuernos y le dejó los ojos casi cerrados de puro hinchados. Por eso, hasta el día del hoy, el Rinoceronte tiene muy mala vista y un par de cuernos desiguales.

El León se dirigió hacia el siguiente montón.

—¡Aquí tenemos hermosos pares de orejas! —dijo.

Los animales son en esto como los niños: sólo oyen lo que les interesa y no quieren que el oído les mejore. Como el León ya tenía dos pares de largas orejas en las zarpas y no pensaba soltarlas, porque para algo era el rey, dijo:

—¡Adjudicadas! —y se las colocó a los dos animales que tenía más a mano, que eran el Burro y el Conejo. Y encima, tuvieron que darle las gracias.

—¿Quién quiere bonitas prendas de vestir? —preguntó el León.

Esto provocó un auténtico tumulto. Los animales, que son muy dados a presumir, casi vuelven loco al León. Cada cual quería destacar más que su vecino.

El Leopardo consiguió un traje de lunares. La Cebra se vistió con una chaqueta de rayas. Después, el Caballo y la Vaca se pusieron a dar una larga explicación.

—Nosotros trabajamos en la granja —dijo el Caballo.

—Y todos los días tenemos que presentarnos bien vestidos —añadió la Vaca.

—Un solo traje no nos basta —concluyó el Caballo.

—Lo último que queremos es que el granjero se ría de sus animales —apostilló la Vaca.

—Está bien, está bien —dijo el León, porque le gustaba la manera de contonearse del Caballo y la voz de la Vaca era tan dulce como para ablandar el corazón de un rey—. ¡Venid aquí!

El Caballo fue el primero. ¡Decir que lo que recibió era bonito se queda corto!

Le dieron un traje moteado de gris y otro de color castaño, uno marrón oscuro, otro blanco como la nieve, y otro negro como la noche.

—Muchas gracias —dijo el Caballo, y se marchó a paso largo. Con el tiempo, se hartó de tanto vestirse y desvestirse y dividió las prendas entre sus hijos. Por eso, hasta el día de hoy, cada caballo tiene un solo traje y todos los caballos son diferentes.

La Vaca recibió un vestido de colores, una chaqueta roja y un traje de domingo negro. Más adelante, se los regaló a sus hijos igual que el Caballo.

Aún estaba el León ocupado con la Vaca, cuando surgió un alarido de entre la multitud. Era la jirafa:

—¡Eh! ¿Y yo qué? ¡No les des todo lo mejor al Caballo y a la Vaca!

—¡Qué maleducada! —se quejó el León—. ¿Cómo te atreves a gritarle a tu rey? ¡Nunca más volverás a hablar! —y fue así como la Jirafa perdió la voz.

Sólo para demostrar a los animales que a él no había quien le apremiara, el León volvió a acercarse a paso lento al montón de cuernos y escogió un par para la Vaca, a juego con la vestimenta que le había dado.

—Muchas gracias —dijo la Vaca, y se alejó cargada con sus regalos.

Aun sin poder hablar, la Jirafa daba muestras de tal decaimiento que el León se compadeció de ella.

—Aquí tengo para ti un traje de lo más especial —dijo el rey— y, además, un par de cuernos como complemento.

La Jirafa se puso el traje y los cuernos y pareció animarse. El León la miró de arriba abajo.

—También te voy a dar un cuello muy largo para que divises a tus enemigos desde lejos —dijo—. Y unas patas largas para que escapes corriendo —la Jirafa se puso muy contenta y se alejó al trote satisfecha.

Cuando el León se disponía a volver sobre sus pasos, algo se movió entre sus zarpas.

—¡Ay! —gritó, y pegó un salto antes de que el culpable tuviera tiempo de retirarse, por lo que al caer lo aplastó.

Era la Lagartija Serrana, que salió arrastrándose de debajo de las zarpas del León con la cabeza magullada y amoratada.

—Como ha sido culpa tuya —dijo el León—, te vas a quedar para siempre con la cabeza morada.

El León se estaba impacientando porque el sol iba a hundirse ya por el horizonte y su estómago comenzaba a rugir. Y es que, en realidad, la leche y la miel no son una dieta adecuada para el rey de las bestias.

Así que, a partir de ese momento, los animales tuvieron que conformarse con lo que les tocaba en suerte. El Babuino recibió una cola en forma de hoz; el Damán y el Topo, sendas colas largas y finas; como no les gustaron, fueron a enterrarlas en secreto y se quedaron sin nada.

El Macho Cabrío fue adornado con una barba y, antes de darse cuenta de lo que estaba pasando, a la Abuela Cabra también le plantaron una. Los animales se rieron entre dientes, pero el León seguía metiéndoles prisa.

—¡El siguiente! ¡El siguiente! —decía a voces.

Al Hipopótamo le encasquetaron cuatro dientes gigantes y la Serpiente recibió por equivocación la calabaza de remedios herbales que el León le había robado a un cazador. Ni corta ni perezosa, se echó el brebaje al coleto de golpe. El líquido empezó a fermentar y ella quiso escupirlo; después se convirtió en veneno y le dieron ganas de morder.

—¡Que le corten las patas! —gritó el Rey León.

Pero no sirvió de nada. Llegada a ese punto, la Serpiente estaba tan trastornada que se marchó reptando sobre la tripa. Todavía hoy muerde todo lo que se le pone por delante y su veneno es más peligroso que nunca.

Por su parte, la Mofeta recibió el frasquito de perfume de la esposa del León y se vertió encima hasta la última gota. ¡Válgame el cielo, pues sí que olía fuerte, sí! Los animales se taparon la nariz, arramblaron con lo que pudieron (cuernos, pezuñas y airosas colas) y pusieron pies en polvorosa.

—¿Y nosotros qué? —gimotearon la Hiena y el Chacal, que seguían sin nada porque eran demasiado exigentes.

Agotado por el esfuerzo, el León echó un vistazo a su alrededor y vio que sólo le quedaban un aullido y una risa.

—Llevaos lo que queráis —dijo—, ¡y no os quedéis aquí ni un minuto más!

Los dos últimos animales tuvieron que contentarse con aquellos restos. Y por eso, hasta hoy, no hay quien rivalice con la risa de la Hiena, ni quien posea un aullido más sonoro que el del Chacal.

Cuando la anciana Tortuga llegó al fin al lugar donde se había hecho entrega de los regalos, no había ya ni un animal ni un presente a la vista. Por eso continúa paseándose cargada con el duro caparazón que le hizo el Cocodrilo. Y la Rana vive en cueros en el agua. Acalorada por la larga espera, fue a darse un chapuzón y alguien aprovechó para robarle la ropa. Ahora le da vergüenza mostrarse ante los demás animales. Si está tomando el sol y oye el menor movimiento, se sumerge de inmediato en el agua. En la oscuridad de la noche, sale a la superficie con sus compañeras y entonces se oyen sus lamentos.

—¿Dónde? ¿Dónde? ¿Dónde? —se queja una.

—¡La ropa! ¡La ropa! ¡La ropa! —protestan las demás a coro.

Mis Cuentos Africanos

Nelson Mandela

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