Yawar Fiesta - Fragmento

Los Serranos

Dos mil lucaninos vivían en Lima. Más de quinientos eran de Puquio, capital de la provincia.

Los lucaninos llegaron a Lima cuando en todas las provincias cundió, casi de repente, como una fiebre, el ansia de conocer la capital. ¡Llegar a Lima, ver, aunque fuera por un día, el Palacio, las tiendas de comercio, los autos que se lanzaban por las calles, los tranvías que hacían temblar el suelo, y después regresar! Ésa era la mayor aspiración de todos los lucaninos; desde Larkay, que está adentro, tras las cordilleras, entre los grandes ríos que van a la selva, hasta Alaramante y Saisa, que colindan con la costa.

Para Lima arreaban los principales, los cientos de novillos que hacían engordar en los alfalfares de la quebrada; para Lima eran los quintales de lana que los vecinos juntaban en las punas, a látigo y bala; para Lima eran las piaras de mulas que salían de las minas de Papacha[1] don Cristián. De Lima llegaban las ruedas de cigarros finos y ordinarios que colgaban de todos los mostradores de las tiendas; de Lima llegaban las telas que llenaban los armarios de los comerciantes; de Lima venían las ollas de fierro, el azúcar, los jarros y los platos de porcelana, las botellas, las cintas de color, los confites, la dinamita, los fósforos…

Por el Kondorsenk’a había que subir para ir a Lima, por esa cumbre azul que se levantaba, lejos, en el comienzo de la quebrada, allí donde el sol amarillo del anochecer brillaba todavía, cuando la quebrada oscurecía. Y tras del Kondorsenk’a había una pampa grande, donde se morirían, de regreso, los comuneros que llevaban «enganchados» a la costa; Galeras pampa, donde caía la lluvia, negra, entre truenos y sonando como un repunte sobre las cumbres. Y de allí, habría que cruzar aún las lomas secas, donde los «enganchados» «cansaban» para siempre, con la sed y la cuesta; y después, las arenas, la pampa de Tullutaka, en que el camino está orillado de cruces que señalan los huesos de los tercianientos…

—¡Dónde, dónde todavía será! —decían los comuneros y los mestizos, mirando el abra de Kondorsenk’a, que parecía azuleja, tras del aire de la quebrada.

Sólo los principales iban a Lima con frecuencia; los ganaderos, los comerciantes, los hacendados, los dueños de minas, las autoridades, el juez, el agente fiscal, el cura. Regresaban de dos, de tres meses, con ropa extranjera nueva; trayendo pelotas de jebe, trencitos, bicicletas, sombreritos azules para sus niños, los uña werak’ochas.

A veces, los chalos fueron como sirvientes de los vecinos; y algunos mestizos y comuneros entregaron sus hijos a los principales, para que los llevaran de regalo a sus compadres y amigos de Lima.

De los chalos, uno que otro se quedaron, con la voluntad de los vecinos o escapándose de ellos; otros regresaron. De vuelta, parecían distintos, andaban ligero en las calles, quebrantando atrás el cuerpo; y hablaban puro castellano, sin «elle» diciendo «gayo» en vez de gallina. Y asustaban a sus amistades, contando que habían visto casas que llegaban casi hasta el cielo, que las calles se atoraban con la gente, que los carros sonaban más fuerte que los truenos de enero y febrero; que las niñas eran tan lindas que uno se quedaba sin habla, sin moverse, cuando ellas miraban de frente a los serranos. Otros decían: «Como Puquio no más había sido».

Los que se quedaron, hicieron fama de honrados entre sus patrones, pero también de «brutos» y de hipócritas. Reían poco, obedecían corriendo, pero atolondrados y zonzos. Cuando les pegaban no decían nada; pero cualquier noche se iban, llevándose sólo su cajoncito de trapos y papeles. Casi todos eran amorosos por la lectura y, aunque difícilmente, aprendían. Después de un tiempo, se compraban su guitarra, y despacio, cuando todos los patrones salían, tocaban y cantaban los huaynos de sus pueblos, en un rincón de sus cuartos, que estaban siempre en la azotea o junto al garaje. En los primeros tiempos, cuando salían a la calle, en sus domingos libres, andaban casi sin saber dónde, llegaban a las plazas, o al paseo Colón; y se sentaban en una banca a veces horas de horas, viendo pasar a la gente y a los autos.

—¡Miren! Un serrano.

Los muchachos los descubrían y les echaban cáscaras de plátanos, les jalaban del sombrero, les insultaban. Unas veces escapaban, defendiéndose a manotones, y se perdían tras de alguna esquina, mientras los palomillas se reían a gritos; otras veces se enfurecían y peleaban con los palomillas, hasta que los chicos se asustaban o hasta que venía algún guardia y se los llevaba a las comisarías.

Pero en esos parques, tarde o temprano, se encontraban con sus paisanos, o más fácilmente con otro mayordomo de Ayacucho, de Coracora o de Huancavelica… Y la amistad comenzaba ahí mismo. Alguno de los dos convidaba una kola[2], un heladito; conversaban largo rato, y después se iban a andar por cualquier parte. Algún domingo, uno de ellos llevaba al otro a su cuarto; hablaban de sus pueblos, de sus cholas, de las fiestas grandes, de sus querencias; se alegraban rápido, hasta una «mulita» de pisco tomaban entre los dos. Uno de ellos tocaba la guitarra, cantaban, despacio, los huaynos que eran preferidos; más rato, hasta lloraban, recordando sus pueblos y diciendo que eran «huérfanos» en ese pueblo tan grande, donde caminaban solitos. Calculando que ya era la hora en que llegaban los patrones, se despedían.

Y así, poco a poco, en un año, en dos años, al fin, casi todos los mayordomos de Puquio, de Coracora, de Chalhuanca, se llegaban a encontrar.

Pero en el mes de enero de 192… llegó a Puquio la noticia de que en Coracora, capital de Parinacochas, se había reunido en cabildo, todo el pueblo. Que el cura había hablado en quechua y después en castellano, y que habían acordado abrir una carretera al puerto de Chala, para llegar a Lima en cinco días, y para hacer ver a los puquianos que ellos eran más hombres. Los trabajos comenzarían en marzo.

Indios, chalos y vecinos se alborotaban en Puquio.

—¿Cuándu Coracora ganandu a común[3] de Puquio? —decían.

—¡Jajayllas! ¡Puquios abriendo calle en cerro grande, como manteca no más!

—¡Común de Puquio es mando!

Amenazaron los comuneros de los cuatro ayllus, los varayok’s y los viejos hablaron en los cabildos contra los coracoras. En Pichk’achuri, el varayok’ alcalde mostró con su vara las montañas del lado de la costa, y dijo que si los pobrecitos de Coracora querían entrar en competencia con los comuneros de Puquio, los cuatro ayllus harían una tajada entre los cerros y traerían el mar hasta la orilla del pueblo.

Cada domingo, en los cabildos de los ayllus aumentaba la rabia contra los coracoras. Ya el año anterior, para asustar a los comuneros parinacochas, los puquios levantaron la plaza de mercado en dos meses. ¿Y querían ahora desafío?

—¡Estabin! ¡Estabincha![4] —amenazaron los ayllus.

El último domingo de abril, el ayllu grande, Pichk’achuri, comisionó a sus varayok’s para que fueran a hablar con el vicario. Querían que el vicario dijera un sermón sobre los coracoras, que los cuatro ayllus querían abrir camino carretero a Nazca, para llegar a «la mar k’ocha» en un día, y para que las máquinas de «extranguero», los camiones, echaran su humito y roncaran en las calles de Puquio. El vicario aceptó, porque conocía bien a sus feligreses indios de Puquio, y sabía que si los comuneros querían, harían llegar la carretera a Puquio, antes de que los de Coracora hubieran trabajado media legua de su camino a Chala. Sin consultar con las autoridades, el vicario decidió hablar del púlpito sobre la decisión de los comuneros. ¡Sería como soltar una bomba en la iglesia!

Los vecinos nunca se habían atrevido a pensar en la carretera de Nazca, a pesar de que ellos aprovecharían más del camino. ¡Era imposible! Trescientos kilómetros, con la Cordillera de la Costa que se levantaba como una barrera entre Nazca y Puquio. ¡Ni para soñarlo!

Todo su sermón lo dijo en quechua, el vicario. Los indios se pusieron de pie, hasta las mujeres se pararon. En Puquio los varayok’s de los cuatro ayllus tienen preferencia en la iglesia sobre los vecinos, oyen la misa desde las barandas del altar mayor. Cuando el vicario dijo que los comuneros de Puquio podían, si así lo acordaban, hacer un socavón por dentro de las montañas hasta las arenas de la costa, los dieciséis varayok’s no resistieron su alegría:

—¡Claru, taita! ¡Claru! —exclamaron.

Gritaron desde el altar mayor levantando sus varas; y dicen que los pichk’achuris lloraron.

Las autoridades y los vecinos se revolvieron, miraban como alocados al cura, a los varayok’s, a la indiada que escuchaba de pie, en silencio, y con los ojos brillantes llenando la iglesia y rebalsando hasta el atrio y hasta la plaza.

Los vecinos y las autoridades salieron de la iglesia, y gritaron en la plaza, vivaron a Puquio y a los cuatro ayllus. Los indios se quedaron un rato en la plaza, se extendieron en todo el parque, hasta machucarse contra las paredes de los extremos. Se oía aún el griterío de los principales, pero desaparecieron entre la indiada. Los dieciséis varayok’s saludaron a las autoridades; hablando, entraron al jirón Bolívar; tras de ellos, salieron de la plaza, poco a poco, la indiada de los cuatro barrios, con sus mujeres y todo. Cuando los últimos indios desaparecieron tras de la esquina, la plaza quedó como apagada, y en medio, gritando como una tropita de escarabajos, todos los vecinos; sus vivas y habladurías hacían eco todavía en el atrio de la iglesia.

La indiada llenó el jirón Bolívar, a todo lo largo, y siguieron andando, tras de los varayok’s, hasta el ayllu de Chaupi. Allí, en la plaza de Chaupi, hablaron en cabildo los dieciséis varayok’s, y acordaron, de una vez, abrir el camino carretero a Nazca.

Por encargo del cura, los vecinos ofrecieron barretas, picos, lampas, barrenos, combas, y compraron dinamita, pólvora y mecha. Cada vecino dio dos o tres quintales de aguardiente, una o dos arrobas de coca.

Los varayok’s mandaron comisionados a todos los ayllus de la provincia.

Y la última noche de junio, de todos los extremos del pueblo, llegó música de bombos, de tambores, de flautas y pinkullos. Al poco rato se elevaron al cielo decenas de cohetes de arranque, reventaron dinamitazos a la entrada de los cuatro ayllus.

Como una tropa negra de soldados, llegaron a la punta los andamarkas; entre los varayok’s de Andamarka, en medio, iba el varayok alcalde de Pichk’achuri, llevando una banderita peruana amarrada a un palo grande de lambras. En fila, como movilizables, entraron al jirón Bolívar; por delante venían sus pinkulleros y la banda de tambores. A la luz de los faroles, casi en lo oscuro, marcharon serios, mirando de frente. Tras de los andamarkas, los chipaus, los aukaras, los sondondos, los chacrallas, los cabanas, los larkays, los wakwas… Y al último, los puquios, con quince varayok’s al mando.

En las esquinas, junto a los faroles, brillaban un poco las palas, los picos y las barretas que llevaban al hombro la mayoría de los comuneros. Bajo la herramienta, su lliklla de fiambre, en carga a la espalda.

De repente, desde Chaupi, gritaron los varayok’s de Puquio:

—¡Que veva Locanas!

—¡Que veva!

—¡Que veva carritera!

—¡Que veva!

—¡Que veva bandira piruana!

—¡Que veva!

Los diez mil indios de Lucanas vivaron, desde Chaupi hasta la plaza. Con el griterío de la indiada se asustaron los zorzales y las palomas que dormían en los árboles y en los molles de los barrios; volaron a todos lados, en la oscuridad. Las niñas y los mistis se frotaron los ojos para ver; el vidrio de los andamios y de las ventanas se llenó de polvo con el andar de los indios.

Parados en el corredor del municipio, bajo la lámpara de gasolina, las autoridades y los vecinos notables se alentaban entre ellos, para levantar bien la cabeza frente a la indiada y que parecía iba a tumbar todas las casas de la plaza, si seguía entrando.

—¡Paren! ¡Paren! ¡Sayaychik!

Desde la plaza mandaron los andamarkas. Y toda la indiada se paró, donde estaba.

El varayok’ alcalde de Pichk’achuri subió a la pila de cemento, frente a la puerta de la cárcel, al pie del municipio. Todos se callaron; los principales se juntaban en el corredor, pegándose a las barandas. Un poco de la luz de la lámpara alumbró la cara del varayok’, pero la banderita alcanzó en lo alto toda la fuerza de la lámpara, y parecía iluminada frente a los ojos de los señores. El varayok’ alcalde habló en quechua, como diez palabras:

—Taitakuna, werak’ochakuna: Ahistá, juntos, todo, endios rukanas. Vamos abrir carritera a Nazca para veintiucho jolio. Vamos reír de coracoras. Puquio es mando. Rucana es mando. Eso no más, taitakuna.

Y antes de que el alcalde empezara a hablar, el varayok’ saltó al suelo. La banda de los andamarkas empezó a tocar los pinkullos y los bombos. Y la indiada se movió para la otra esquina, al lado de K’ayau. Casi hasta medianoche desfilaron los indios. Y hasta esa hora los vecinos no pudieron bajar a la plaza.

Los diez mil comuneros se extendieron en todo el camino a Nazca. El vicario hizo el trazo de la carretera, calculando las quebradas, rodeando los barrancos de piedra que cruzaban el camino de herradura. Los varayok’s enderezaban el trazo, según su parecer, cuando el del cura no era bueno; se juntaban, y consultándose, mejoraban la ruta. Los vecinos corrían a caballo, a lo largo de los trabajos; gritaban al pasar:

—¡Taitakuna! ¡Eso sí!

Pero miraban despacio y recelosos.

Desde el fondo de la quebrada, desde las chacras y las haciendas que se extendían en toda la orilla del río grande, se veía el polvo que levantaban los comuneros, abriendo la tierra en el cerro. Desde las estancias y los caminos de la puna alta, desde las cumbres de la cordillera se veía el polvo, como una faja; entraba a las hondonadas, subía a las laderas, se perdía en las quebradas hondas de los falderíos. Y de rato en rato, desde la salida del pueblo hasta el abra de Kondorsenk’a, reventaban dinamitazos en los rocales con que el camino tropezaba. Trabajaban desde el amanecer hasta bien entrada la noche. Y de las abras, de las quebradas, de las estancias y de los pueblitos que hay en los cerros, oían el canto de los andamarkas, de los aukaras, de los chacrallas… Por la noche tocaban flauta, y cantaban por ayllus, de cien, de doscientos, de quinientos, según los pueblos. Prendían fogatas de taya, de ischu y de tantar, a la orilla del camino, junto al depósito de herramientas; cantaban tonadas de fiesta, de carnaval, de k’achua[5]. Tomaban el aguardiente que donaron los mistis, medido, según el mandar de los varayok’s. Las estrellitas brillaban tristes en el cielo, a veces las nubes resbalaban cruzando todo el horizonte de la quebrada, y como jugando, tapaban y descubrían a los luceros. La luna salía tarde, por el lado de Kondorsenk’a, y aclaraba las nubes y la quebrada. Poco a poco, mientras la luna entraba al cielo, los comuneros se callaban; se echaban sobre el suelo, junto a las fogatas, para dormir. Cuando acababa el canto de los ayllus, se oía, claro, en todos los cerros el canto de los pukupukus; y el sonido del río subía desde el fondo de la quebrada.

A los veinte días los comuneros llegaron a las lomas, sobre la costa. Desde la cima de Toromuerto, vieron Cerroblanco, el auki de las lomas; contemplaron el valle de Nazca. Como una culebra ancha, negruzca, salía de la base de los cerros, serpenteaba en el arenal, daba vueltas sobre la tierra blanca de la costa, donde la luz del sol ardía como quemando polvo blanco, polvo espeso que escondía el horizonte. ¡Ahí estaba la tierra de la fiebre! Abajo, entre el arenal sediento.

De allí regresaron los sondondos, los chacrallas, los aukaras, los andamarkas, por el camino carretero, nuevecito. Regresaron componiendo, anchando el camino en los barrancos, empedrando los fangales. Sentían cariño por su «carritera», como por los duraznales que crecían en los ríos de sus pueblos, como por las torcazas que cantan en las lambras que crecen a la entrada de sus casas. En Puquio quedaron los varayok’s de todos los pueblos, para esperar la entrada del camión que debía llegar para el 28, con los varayok’s de los cuatro ayllus.

Los varayok’s de Puquio decidieron llegar hasta el pie de las lomas. Cien indios cargarían agua para los que trabajaban en el camino. De Nazca, hasta el pie de las lomas, estaban trabajando los costeños, para dar alcance a los puquios.

El 28 de julio llegó el primer camión a Puquio. Entró con dieciséis varayok’s de los ayllus. Tras del camión fueron corriendo todas las mujeres de los indios, los viejos y los mak’tillos. Los doscientos vecinos y chalos de Puquio gritaron en la plaza, viendo a los dieciséis varayok’s de pie, serios y tranquilos, sobre la plataforma del camión. Algunos vecinos no pudieron contenerse y lloraron viendo entrar el camión a Puquio.

—¡Que viva los varayok’s! ¡Los patrones de Lucanas! —dicen que gritó don Pancho esa vez, con su sombrero en la mano, desde lo más alto de la pila grande.

—¡Que viva los papachas!

Y sus lágrimas le caían al pecho.

Los vecinos le contestaron de golpe:

—¡Que viva!

El camión avanzó hasta la puerta de la cárcel, junto a la pila. Desde lo alto, el varayok’ alcalde de Pichk’achuri habló para los mistis, que rodeaban el camión.

—¡Yastá camino, taitakuna, werak’ochakuna! Aquistá camión. Ayllu cumple palabra. ¡Comunero es mando, sempre!

Y bajó con cuidado, despacio. El vicario le dio la mano primero, después todos los principales. Los varayok’s de Sondondo, Chacralla, Aukará, Andamarka, hicieron tropa con ellos.

—Iremos a dar gracias a Dios —dijo el vicario.

Y todos fueron a la iglesia; por delante los varayok’s, y siguiéndoles, los vecinos y los mestizos. Cuando iban a entrar ya a la iglesia, el varayok’ alcalde de Pichk’achuri se acercó al vicario.

—¡Taita! Vas rogar por cinco comuneros, muriendo en carritera —le dijo.

A la medianoche de ese mismo día salieron de Puquio los varayok’s de los pueblos. En la casa del varayok’ alcalde de Pichk’achuri, hicieron la despedida. Los arpistas Llana tocaron los huaynos de Sondondo, de Chacralla, de Andamarka, de Larkay… Bailaron en el patio, junto al molle, con las mujeres de los cuatro ayllus. Ni un misti ni un chalo entró a la despedida.

Cuando estaban cantando, el varayok’ alcalde de Pichk’achuri miró el cielo; calculó bien la distancia de las estrellas.

—¡Taitakuna! ¡Hora! —dijo.

Cesó el canto; las mujeres pusieron en el patio los kipis de todos los varayok’s. Y salieron a la calle, con los Llana por delante. Los varayok’s de Chipao y de Sondondo empezaron a tocar sus charangos, acompañando a los Llana. Siguieron de frente, por el camino a los pueblos. Como cinco calles llenaron las mujeres. Ya saliendo del pueblo, las mujeres cantaron, alto, con su voz más delgada, el harahui de la despedida:

¡Ay, kutimunki,

ayali ayali,

ñanchallay allinlla,

ayali ayali!

¡Ay, volverás,

ayali, ayali,

bien no más camino,

ayali ayali!

En el silencio, en lo tranquilo del cielo, el canto hizo temblar el corazón de los varayok’s. La voz delgadita de las mujeres pasaba como aguja por los cerros. Para terminar el canto, levantaban más alto el tono, más alto, hasta que se quebraba en la garganta. Y era peor, más triste que si hubieran llorado.

Amas para

amas para chayankichu

¡ayali ayali!

Amas rinkichu

amas wayra rinkichu

¡ayali ayali!

No lluvia

no lluvia caerás

¡ayali ayali!

No irás

no irás viento

¡ayali ayali!

En el riachuelo, en Yallpu, se quedaron las mujeres, con los arpistas. Todos los varayok’s empezaron a subir el cerro. Desde el riachuelo, con la luz triste de los luceros, los varayok’s se veían como en sueños, avanzando despacio por el camino. De rato en rato, cantaban las mujeres.

Estuvieron cantando hasta el amanecer, junto con los gallos del pueblo. Cuando los varayok’s fueron acercándose al abra, la voz de las mujeres llegaba desde el canto del pueblo, más triste todavía; como si todas las mujeres de los ayllus se hubieran perdido en la oscuridad y estuvieran llamando. Con la luz de la aurora se callaron.

En la cumbre, a esa hora, los varayok’s chakcharon su coca; bautizando la tierra, cada uno con su fiambre de cañazo, se convidaron por última vez en esa faena.

Poco a poco, fue apareciendo en la falda del Sillanayok’ el camino nuevo; y el pueblo, los ayllus, Pichk’achuri, Chaupi, K’ollana; K’ayau estaba tras de la falda del Tok’to y no se veía todo. En medio, más ancho y derecho, cortando en dos al pueblo, el jirón Bolívar con sus casas de calamina; y en el extremo de la calle misti, grande y silencio, vacío, como un claro del pueblo, la plaza de armas.

Se levantaron todos los varayok’s, y se despidieron. Los varayok’s de los pueblos salpicaron un poco de aguardiente sobre el aire del pueblo grande, de la capital de los rucanas, y voltearon el abra.

Los periódicos de Lima hablaron de la carretera Nazca-Puquio. ¡Trescientos kilómetros en veintiocho días! Por iniciativa popular, sin apoyo del Gobierno.

Y desde entonces empezaron todos los pueblos. En el norte, en el centro, en el sur, hasta en la selva se reunían en las plazas de los pueblos, en cabildo grande; pasaban telegramas al Gobierno, y comenzaban el trabajo por su cuenta. Cualquiera hacía el trazo de la carretera a la costa, calculando los cerros y las quebradas. Al fin, el Gobierno se acordaba de algunos pueblos, mandaba ingenieros, dinero y herramientas. Entonces los hacendados se peleaban porque las carreteras pasaran por sus fincas. Y las carreteras que los ingenieros trazaban casi siempre daban vueltas, entraban a las quebradas, rompiendo las peñas y roquedales, en meses de meses, a veces en años, porque el camino entrara a las haciendas de los principales. La gente de los pueblos empezó a perder confianza, y el entusiasmo por las carreteras. Desde entonces, la construcción de los caminos fue negocio. Y la gente del pueblo trabajó a jornal, o por obligación. Los tenientes gobernadores, los subprefectos, los guardias civiles, todas las autoridades, empezaron a arrear a los indios, a verga y bala para que trabajaran en las carreteras.

Mientras tanto, los camiones llegaban uno tras otro a Puquio, por el camino de los ayllus. Cuando entraban al pueblo, los escoleros y los mak’tillos seguían en poblada a los camiones; la gente salía a la puerta de sus casas; en la plaza se juntaban los vecinos y los chalos, y preguntaban a los choferes por el camino.

—¡Es camino para cabras! —decían. Pero llegaban por ese camino.

Los camiones sufrían en las cuestas de Tambora, de Toromuerto; subían bramando, echando agua por el radiador; el motor roncaba y parecía que la máquina iba a rajarse. Pero vencían las cuestas. Y cuando llegaban a la puna, aceleraban. Las vicuñas y las llamas corrían a ocultarse en las hondonadas; desde lejos, los estancieros de la puna miraban miedosos. Bajo el aguacero, mientras la granizada sonaba en las cumbres y los rayos caían junto a la carretera, los camiones avanzaban en la puna.

Los de Coracora dejaron su camino a Chala y empezaron a abrir su carretera a Puquio.

—¡Yastá! ¡Ahora sí perdonar, perduncha! —dijeron los comuneros, en los cuatro ayllus de Puquio.

Y por esa carretera llegaron a Lima los dos mil lucaninos, y los coracoreños. Al mismo tiempo, por todos los caminos nuevos, bajaron a la capital los serranos del norte, del sur y del centro.

La universidad, las escuelas de toda clase, los ministerios, las casas comerciales, las fábricas, todas las empresas, se llenaron de serranos.

Después de seiscientos años, acaso de mil años, otra vez la gente de los Andes bajaba en multitud a la costa. Mientras los Gobiernos abrían avenidas de cuatro pistas de asfalto, y hacían levantar edificios «americanos», mientras los periódicos y las revistas publicaban versos bonitos a la europea, y los señores asistían con tongo y levita a las invitaciones del Gobierno, de las embajadas y de los clubes; los serranos, indios, medio mistis y chalos bajaban de la altura, con sus charangos, sus bandurrias, sus kirkinchos y su castellano indio; compraban o se apoderaban de algunas tierras próximas a la ciudad. En canchones, en ramadas y en casas de adobe, sin fachada y sin agua, se quedaban a vivir. Como en los pueblos de la sierra, traían el agua desde lejos, de dos o tres pilas que mandaban instalar en cada barrio. Y en sus casas, en sus ramadas defendidas por cercos de adobe, alumbradas por lamparitas de kerosene, como en Puquio, en Aukará, en Chalhuanca, o en Masma y Huancavelica, los serranos hacían sus fiestas, con huayno y bandurria, con arpa y quenas. En las fiestas grandes, 28 de julio, Carnavales y Año Nuevo, alquilaban los jardines particulares que hay en los barrios nuevos, alquilaban orquestas de jazz; y de cien, de doscientos, llenaban los rings de baile de esos jardines; bailaban como chambones el jazz, el tango, la rumba. Al final, hacían callar la orquesta, y con arpa, guitarra, bandurria y canto, prendía la fiesta de ellos; y hasta las avenidas, donde cruzaban los autos de lujo, llegaba el huayno, la voz del charango y de las quenas. El canto de la sierra, en quechua o en castellano, el alma de las quebradas, de la puna y de los ríos, de los montes de retama, de kiswar y de k’eñwa.

Los señores también siguieron a los chalos y medio mistis. Desenterraron su plata de los cerros o del cimiento de sus casas, o la sacaron de los bancos. Escogieron los terrenos de las avenidas, y frente a los palacios de los ricos, junto a las embajadas y a la residencia de los hacendados de la costa, levantaron sus casas. Así como ellos, con jardín, con garaje, con baños de lujo; y hasta compraron perros extranjeros para exhibirlos en el jardín.

Y Lima creció en diez años, en veinte años, se extendió a las haciendas de los alrededores. Las chacras de cebolla, de lechugas, de algodón y de vid se convirtieron en urbanizaciones; en barrios pobres y oscuros y sucios, llenos de gente, de criaturas, de vendedores ambulantes y de tiendas de japoneses y chinos; o en barrios de lujo, silenciosos, limpios, tranquilos, donde mostraban su fachada europea, de distancia en distancia, grandes residencias, techadas de teja, cubiertas de enredaderas, y rodeadas de parques extensos donde no se veía a nadie; barrios con calles anchas, sombreadas por árboles.

Los cholos y los pocos indios lucanas que llegaron primero, esos que los principales trajeron de regalo a sus amistades de Lima, recibieron a los que llegaron después, por la carretera. Los llevaron a los barrios pobres, a Azcona, a Chacra Colorada, a la Victoria; les mostraron las fábricas y las empresas; las obras nuevas, para que fueran a pedir trabajo. Y sin que nadie lo organizara, la entrada de los puquios, como la de todos los serranos, se hizo en orden: los chalos ayudaron a los chalos, los llevaron primero a sus casas, mientras encontraban trabajo; los medio mistis ayudaron a los de su clase; los mistis a los mistis, mostrándoles las avenidas donde debían levantar su casa, presentándoles a sus amigos, relacionándolos con la «sociedad». Los estudiantes también se ayudaron con el mismo orden, según el dinero de sus padres; los pobres buscaron cuartitos, cerca de la Universidad o de la Escuela de Ingenieros, se acomodaron en los cuartos para sirvientes, en las azoteas, bajo las escaleras, o en las casas señoriales antiguas, que ahora que están a punto de caerse, son casas de alquiler para obreros y para gente pobre.

 

Pero al barrio de Azcona fueron a vivir la mayoría de los puquianos pobres, hijos de medio mistis, de principales arruinados, o de chalos legítimos que fueron a buscar suerte en la capital. Allí llegaron también algunos estudiantes de Puquio y de los distritos. De allí, de Azcona, salió el «Centro Unión Lucanas». Primero fue un club deportivo; le llamaron «Lucanas»; pero el capitán del equipo de fútbol era un negro limeño. Ya entonces, cuando todos los barrios limeños y los centros de estudio se llenaron de los serranos, se había extinguido entre la gente del pueblo el desprecio a los cholos. La invasión que bajó de todas las provincias andinas fue imponiendo el respeto a la gente de la sierra. El negro limeño, capitán del equipo de los lucanas, se presentaba en la cancha, al frente de sus jugadores cholos y medio mistis, orgulloso y alegre. Y el club «Lucanas» fue campeón de barrio muchas veces.

Cuando los animadores del club «Lucanas» quisieron convertir su club en un Centro Cultural Deportivo que fuera la organización de todos los hijos de la provincia residentes en Lima, ya había más de doscientas instituciones provinciales serranas en la capital. El Centro sesionó por última vez en el local de siempre, en el cuarto del sastre Gutiérrez, bajo la presidencia del estudiante Escobar. Como en Puquio, dos velas de a real alumbraban el cuarto desde una repisita. Esa noche asistieron más de cuarenta socios, y apenas cabían en el local.

—Comprovincianos —dijo el presidente—. Los hijos de Chalhuanca, los de Caraz, los de Jauja, los de Huamachuco… tienen ya su Centro Cultural Deportivo. Hay cientos de organizaciones provinciales andinas en Lima. Estos centros defienden los intereses de sus provincias; a las comunidades contra los abusos de los terratenientes, de las autoridades y de los curas. Y están levantando el nivel cultural de sus asociados, organizando conferencias, veladas, bibliotecas, y hasta editando revistas. Estos centros también avivan el recuerdo del terruño, tienen sus orquestas típicas, sus fiestas al modo de sus pueblos. Nosotros somos ya más de mil lucaninos en Lima, y estamos dormidos. Mientras tanto, los politiqueros y los gamonales siguen explotando a los comuneros, como hace doscientos años, a cepo y fuete. Nosotros que ya tenemos los ojos abiertos y la conciencia libre, no debemos permitir que desuellen impunemente a nuestros hermanos. ¡Pongo al voto la organización del «Centro Unión Lucanas»!

En toda la calle se oyó el aplauso con que los lucaninos aprobaron la creación del Centro. Después del presidente hablaron como diez más. El conductor de ómnibus Rodríguez, ex comunero de Chacralla, empezó a hablar en castellano, y como no pudo, siguió en quechua:

—¡Hermanos! Los indios, nosotros, sabemos defendernos del viento, de la lluvia, del rayo, de las tormentas que a veces se levantan en la tierra; pero el último mocoso de la familia de los principales puede escupirnos en la cara. El otro año no más, don Jovenal Arenas le ha echado cerco al manantial que sirve para que tome agua el pueblo. Hasta cuándo será estos abusos. ¿De quién es el agua? Todos los años, en diciembre, el cura, con todo el pueblo en procesión, bendecía esa agua de Chacralla. Y «es de mí», diciendo, le ha echado cerco el gamonal. ¡No será! Para eso hay gente de Chacralla en Lima. Así es. Nosotros seremos el respeto.

A los diez días de esta sesión, el «Centro Unión Lucanas» celebró su primera asamblea pública, con doscientos socios. El estudiante Escobar fue elegido presidente; el estudiante Tincopa, secretario; el chofer Martínez, fiscal; el sastre Gutiérrez, tesorero; el conductor Rodríguez, los obreros Vargas y Córdova, y los empleados Guzmán, Valle, Altamirano y Gallegos, vocales.

Algunos periódicos de Lima, en la sección «Instituciones», dieron la noticia de que los hijos de la provincia de Lucanas residentes en Lima habían organizado un centro cultural deportivo.

Los principales puquianos establecidos en Lima leyeron con desprecio el suelto, y la lista de los que formaban la directiva.

—Hasta aquí han de meter bulla esos cholos.

—¡Ese Escobarcha! Ya estará pensando en la diputación.

—¡Y ese indio Martínez! ¡Qué vergüenza!

—Todos son unos muertos de hambre que han venido aquí a dar pena.

Y mientras los vecinos principales y sus familias insultaban el Centro, los otros vecinos que leyeron la noticia fueron a inscribirse y a pagar su cuota de ingreso; mayordomos, sirvientes, carpinteros, conductores de ómnibus, jardineros, choferes, obreros y hasta algunos empleados y estudiantes de los otros clubes provinciales.

En los primeros días de julio de 193…, al día siguiente de haberse celebrado en Puquio el gran cabildo de mistis para discutir la circular del director de Gobierno, el presidente del «Centro Unión Lucanas» recibió un telegrama del alcalde de Puquio.

«Ruego a usted contratar torero para corrida 28 por cuenta de este Concejo. Detalles carta».

El director de Gobierno recibió al mismo tiempo el telegrama de los vecinos notables, agradeciéndole por la supresión de las corridas sin diestros en toda la República.

El estudiante Escobar no podía comprender que los principales de Puquio se quedaran sin corrida india. Esperaban todo el año el 28 de julio para subir a los balcones de los Cabreras, y contener la respiración para ver al K’encho, al «Honrao» Rojas, arrastrando a los indios borrachos contra los toros bravos de la puna grande. Don Antenor, don Lucio, don Pancho, don Jesús, don Julián… habían crecido en ese derecho. ¿Cómo pedían torero ahora?

—¿El Gobierno?

En el Ministerio de Gobierno le informaron que se habían prohibido las corridas sin diestros, porque en todos los pueblos de la sierra las corridas del 28 eran verdaderas matanzas de indios. También le dijeron que los vecinos notables de Puquio habían enviado un telegrama de felicitación y de gratitud por esa orden de prohibición.

El estudiante Escobar estaba ahora completamente seguro.

—¡El Centro garantizará la circular del director de Gobierno! ¡El Centro irá a Puquio! ¡Nunca más morirán indios en la plaza de Pichk’achuri para el placer de esos chanchos! Este telegrama del alcalde es una adulación. Pero esta vez están fregados, tenemos al Gobierno de nuestra parte. ¡Algún día!

Citó a la directiva del Centro, para esa noche, en su habitación, calle Loreto, frente al basural de la plaza de mercado del barrio.

Fueron, el estudiante Tincopa, el chofer Martínez, el empleado Guzmán, el conductor Rodríguez y los obreros Vargas y Córdova. Tres se sentaron sobre el catrecito de madera del estudiante y los demás sobre cajones. Una fotografía de Mariátegui[6], clavada en la pared cabecera, dominaba la habitación. Bajo el retrato, de una percha, colgaba una guitarra; una cinta peruana en rosón adornaba el clavijero de la guitarra.

Escobar informó minuciosamente sobre sus gestiones y sobre las noticias que pudo conseguir acerca de la prohibición de las corridas sin diestros.

—¡Están fregados! —dijo Martínez—. Ya no hay salida. Y estos imbéciles nos encomiendan la contrata del torero. Iremos todos en mi carcocha[7], torero incluido.

—¡Será un triunfo del Centro! —El «Obispo» Guzmán dio un salto y se paró en medio del cuarto. Su cuerpo redondo se interpuso entre los que estaban sentados en la cama y los demás.

—Pero haz campo, monseñor, tenemos que vernos las caras para hablar.

Guzmán retrocedió hasta el pie del retrato de Mariátegui. La luz del foco caía de lleno sobre su cara. La gordura enorme había hecho casi desaparecer las cicatrices de la viruela, su barba corta, sin afeitar, sombreaba su rostro, y Guzmán, el «Obispo», parecía un morochuco[8] bandido.

—¡Esta vez nos haremos respetar! Ellos mismos han puesto el cuchillo en nuestras manos. ¡Es un milagro, compañeros! Yo voy a fregar. Aunque sea de guardia civil me visto y tomo el fusil contra cualquier gamonalcito. Somos en este instante las fuerzas del orden.

—¡Usted lo ha dicho, monseñor!

—¡Qué monseñor! Me haré crecer más la barba y pareceré un Anticristo.

Acordaron hablar con el director de Gobierno, contratar al torero y viajar a Puquio, todos.

Cuando terminó la sesión, Escobar se levantó de su asiento y se dirigió junto al retrato de Mariátegui, empezó a hablarle, como si el cuadro fuera otro de los socios del «Centro Unión Lucanas».

—Te gustará, werak’ocha, lo que vamos a hacer. No has hablado por gusto, nosotros vamos a cumplir lo que has dicho. No tengas cuidado, taita: nosotros no vamos a morir antes de haber visto la justicia que has pedido. Aquí está Rodríguez, comunero de Chacralla, aquí estamos los chalos Córdova, Vargas, Martínez, Escobarcha; estamos en Lima; hemos venido a saber desde dónde apoyan a los gamonales, a los terratenientes; hemos venido a medir su fuerza. Por el camino de los ayllus hemos llegado. ¡Si hubieras visto esa faena, taita! Capaz hubieran sanado tus piernas y tu sangre. ¡Si hubieras conocido Puquio! Pero nuestro «Obispo» te va a tocar un huayno lucana y nosotros vamos a cantar para ti, como juramento. ¡Ya, monseñor!

El «Obispo» bajó la guitarra, los siete se reunieron al pie del retrato, y cantaron en quechua:

Tullutakapis inti rupachkan

Tullutakapis runa wañuchkan

¡ama wak’aychu hermano,

ama llakiychu!

Galeras pampapis chikchi chayachkan,

Galeras pampapis runa saykuchkan;

¡ama wak’aychu hermano

ama llakiychu!

Llapa runas mancharillachkan

wañu wañuy chayaykamuptin,

¡ama wak’aychu hermano

ama llakiychu!

En la pampa de Tullutaka el sol está ardiendo,

en la pampa de Tullutaka están muriendo,

¡no llores hermano,

no tengas pena!

En la pampa de Galeras está cayendo la nieve,

en la pampa de Galeras está cansándose el corazón;

¡no llores hermano

no tengas pena!

Dicen que

toda la gente tiene miedo,

porque el morir está llegando,

¡pero no llores hermano

no tengas pena!

Y mientras los mestizos de Lima estaban cantando, en el ayllu de K’ayau los varayok’s animaban a los indios para subir a la puna a traer al Misitu. En todas las calles del barrio hablaban los varayok’s amenazando a los pichk’achuris, amenazando al Misitu, presintiendo y preparando el yawar fiesta.

—¡K’ayau premero será! ¡Cuánto viuda será quedando vintiuchu!

Jose Maria Arguedas

Yawar Fiesta

[1] Papacha: nombre entre cariñoso y temido que se da a los señores principales y todopoderosos.<<

[2] Kola: bebida gaseosa.<<

[3] Común: también comunruna. Comunero, indio, estrato social ligado al trabajo campesino.<<

[4] «¡Está bien! ¡Está biencito!».<<

[5] K’achua: no hemos hallado significado alguno para esta grafía. Al parecer es una errata que se repite desde la edición de 1958. Posiblemente JMA cambió la palabra castellana «cosecha» por la quechua ayacuchana qachwa, que se utiliza para denominar a una tonada y danza de cosecha.<<

[6] José Carlos Mariátegui (1894-1930), escritor, periodista y pensador político marxista peruano. En 1926 fundó la revista Amauta, que cohesionó a una amplia generación de intelectuales en torno a una nueva apreciación del quehacer nacional y dio impulso al movimiento indigenista en arte y literatura. Fundó en 1928 el Partido Socialista Peruano, que tras su muerte pasaría a denominarse Partido Comunista Peruano.<<

[7] Carcocha: automóvil viejo, destartalado y lento que aún funciona. Es una expresión entre despectiva y humorística.<<

[8] Morochuco: gorro (chuco) de color moro (negro moteado de blanco). Sus portadores, según la tradición popular, descienden de los seguidores de Diego de Almagro, el Mozo, hijo del conquistador español homónimo. Derrotados en la batalla de Chupas, en 1542, huyeron a las frías pampas de Cangallo, Ayacucho. Al mezclarse con los pueblos indígenas de la zona, dieron origen a una población quechuahablante, de rasgos marcadamente europeos, dedicada a la ganadería e incluso al cuatrerismo y el rapto de mujeres.<<

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